Apreciaciones utilizando a Dante

A éste presente Medieval 

Lo que intuí del infierno de Dante es que cada cual sabrá sus pecados y su proceder, para no arder en el averno siendo atizado por sus propios demonios, en una exclusiva caldera donde purgar su mal. La muerte puede ser un alivio, un pretexto, una idea elemental, la dirección donde todos sin excusa acuden pero ¿Qué se pagará si aquí somos los condenados quienes condenan, somos la víctima que victimiza, somos los señalados que señalan?

 Un progreso se difama, una desilusión es abrazada por la hipocresía, un esfuerzo es símbolo de burla. Se predica como político en campaña las facultades de promover una sociedad justa y no es más que un juego pesado de poderes, seguimos siendo los primitivos que en nuestra oscura caverna de la conciencia defendemos la fortaleza del capaz y denigramos o excluimos al débil, al pez pequeño, a la mansa presa.

Defendemos ideales manchados de doctrinas que la intolerancia con sus manos, estrangula la diferencia, y con su mirada inquisidora nos saca del salvaje juego neardenthal, y nos ubica desde siempre, así haya avances tecnológicos que indicaría las maravillas del futuro, que todos llenan sus bocas para atragantarse hasta ahogarse con él; no es más que oscurantismo medieval moderno: Esclavos cada vez más amangualados a la humillación por necesidad; mercaderes de ilusiones de corta duración donde la vida es la virtud del que apenas tiene para comer; nobles que al mínimo error del que consideran vasallo o simple mendigo del reino, pisotean y quieren ver fracasar; donde los caballeros afilan sus lenguas que son sus espadas que desenvainan para cortar la integridad del que no está de acuerdo; donde las doncellas en su lecho envenenan al amor y lo ven agonizar por placer; donde el que inculca la moral y las buenas costumbres en su templo celestial, lo hace con mentiras para salvar sus pocas monedas de oro, que son de cuero, de piel desgarra, su escasa herencia biológica, su persona por sobre otras, y su mentira con más mentiras de cualquier turba iracunda; donde el trovador o arlequín del reino sabe qué círculo del infierno se merecen todos, sin excepción, y solo sabe hacer canciones de compasión, corridos prohibidos elitistas, y doliente paraquismo crónico incrustado en el corazón de todos; donde el rey se ufana de vivir en el mejor vividero del mundo; donde la proclama, por ley, roída por ratas dice: 

¡Sálvense quien Pueda!

 Las palabras terminan siendo el adorno inútil de la realidad; soy la incomodidad en tu formal sonrisa de desagrado, el Tote lanzado por sorpresa para divertir mi juicio explosivo.

Así se vive en el reino de este medioevo sin sentido, así.

 

Mario Alberto Bermúdez.

Poeta, Estudiante y Pésimo trovador del Reino.

 


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